A Rainy Day in Morelia

Por Abraham Littmann

9 de noviembre del 2019

A Rainy Day in Morelia

Por Abraham Littmann

9 de noviembre del 2019

A más de 40 años desde que Woody Allen deleitó al mundo con sus ahora clásicos romances neoyorquinos como Annie Hally Manhattan, la marca del director ha sido filmar una película por año por más de tres décadas. Como era de esperarse, no todas han llegado al estándar de calidad que esperaríamos de un director de su talla. Sus más recientes películas no han sido demasiado aclamadas ni por el público ni por la crítica, y a pesar de que esto no parece ser de importancia para Allen. Ciertamente, a todos nos gustaría volver a ver una comedia romántica del nivel que sabemos es capaz, y tal vez sea esto lo que precisamente intentó con su última película A Rainy Day in New York.

No es que Woody Allen se haya alejado de su amada Nueva York, su película anterior Wonder Wheel se ubica en Coney Island, mientras que el filme anterior a ése, Café Society, nos presenta un protagonista nativo del Bronx. Sin embargo la ciudad dejó de ser el motivo principal de la historia, y de sentirse como un personaje más del guión como lo fue en los setentas. Esta nueva película marca el regreso de la ciudad que el director ama y entiende como nadie; de los museos de arte, los parques y los departamentos modernos. Que el cast esté claramente dividido entre jóvenes estudiantes y veteranos del mundo del cine no es casualidad; la historia y los personajes nos muestran una clara caracterización de lo que Allen fue y en lo que se ha convertido.

La historia se centra en las desventuras de una pareja de estudiantes que viajan a Nueva York para pasar el fin de semana.Ashleigh Enright (Elle Fanning), una amable e ingenua apasionada por sus estudiosque planeaencontrarse con el aclamado director de cine Roland Pollard (Liev Schreiber) que pasa por una crisis creativa, y entrevistarlo para el periódico escolar, su novio, Gatsby Welles (Timothée Chalamet), un culto e inteligente apostador que solo desea pasar su pequeña vacación con su novia en la ciudad que tanto ama y extraña. A las pocas horas de su llegada los dos se separan, y mientras Ashleigh se relaciona con Pollard, su guionista Ted Davidoff (Jude Law) y el famoso actor Francisco Vega (Diego Luna), Gatsby se reencuentra con una vieja conocida de su adolescencia, Shannon (Selena Gomez).

La comedia de la película es genial, digna de un guionista como Allen, cada personaje maneja un sentido del humor diferente intrínseco a su personalidad, haciendo las interacciones entre ellos distintas e interesantes. Que la fotografía haya estado a cargo de una leyenda como Vittorio Storaro (Apocalypse Now) no es poca cosa, y es que aunque comparte la estética de varias películas de Woody Allen, hace un esfuerzo extra por mostrar la artificialidad del mundo del cine y de la “alta cultura”. En donde habitan los personajes, logrando que no sea solo la temática la que parece salida de la época dorada de Hollywood, sino un conjunto de decisiones narrativas y estéticas que nos remiten a las comedias y melodramas de los años cuarenta y su idealizado romanticismo.

Una de las propuestas más interesantes de la película es ver como el director nos habla a través de sus personajes; que la aparente simplicidad de la trama no nos engañen, Woody Allen no es tan superficial como para entregarnos una historia de amor juvenil cualquiera. En vez nos presenta una autobiografía episódica marcada con su visión personal sobre muchos temas, en Gatsby nos muestra al joven genio enamorado de su ciudad que alguna vez fue, perdidamente apasionado por aquellos clásicos americanos con el protagonista y su amante alrededor de un piano. Por el otro lado Roland Pollard nos muestra a un cineasta aclamado por su obra pasada y atormentado por su obra presente, que a pesar de gustarle a sus fanáticos y a sus compañeros de trabajo. Le parece un mero capricho de artista que jamás llenarásus expectativas.

Dudo que alguien pueda ver a Allen enfrentándose así a la autocrítica como algo superficial. La película se debe mirar con un filtro específico. Lo cierto es que no propone nada innovador o revolucionario, por el contrario, está mucho más apegado a sus referencias y a sus raíces estéticas que a otra cosa. Los que busquen explorar la psique humana y cómo nos relacionamos en pareja estarán muy decepcionados con esta película: es tan poco verosímil como solo el amor puede ser.

Esta película es parte de un tipo de cine que ha quedado silenciado, en un mundo que parece aplaudir el realismo, y que se está acostumbrando a la violencia y crueldad de la realidad. Resulta muy valiente presentar una película tan fantasiosa que no se da el lujo de alejarse por completo las reglas de la realidad, sin pretensiones morales, sin complejidad psicológica; cine hecho por el amor al cine y nada más.

Las comedias románticas suelen pecar de simples y repetitivas, pero estamos hablando de uno de los mejores directores/guionistas americanos de todos los tiempos, y por tanto es justo eso, su simplicidad, la que la hace una película tan bien lograda. Los chistes no son más que chistes bien escritos, las historias de amor no son más que gente buscando compañía y atención, y los personajes no son más que personas pasando por la vida, con sus problemas y sus virtudes, como todos nosotros.

No queda más que recomendar la película, porque aunque probablemente no estará entre las más habladas o galardonadas del año, es un respiro de aire fresco, de cine clásico, de risa y emoción, de diálogos cursis pero poéticos, de personajes entrañables y locaciones preciosas. Es un verso más en la eterna carta de amor de Woody Allen a Nueva York, y  un capítulo más, esta vez uno bastante bueno, en la carrera de uno de los autores más capaces en el mundo del cine.