Capítulo 2

Por Verónica Pedroza

13 de noviembre del 2019 

Capítulo 2

Por Verónica Pedroza

13 de noviembre del 2019 

Las sirenas interrumpen nuestro encuentro. Nos separamos el uno del otro sin soltarnos de los brazos y ambos tenemos la misma expresión de preocupación en el rostro. Una voz ajena a nosotros nos grita con insistencia y su emisor no tarda en manifestarse.

– ¡Rápido, tenemos que movernos! ¡Los kreel no tardan en llegar! – dice mientras posa su mano en el hombro de Will. Después se dirige hacia mí, sonriendo. – Es bueno verte otra vez, Mina.

Era Jasper. Había crecido por lo menos treinta centímetros desde la última vez que lo había visto. ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde entonces? Giro mi mirada hacia la de Will en busca de respuestas, y él debe de haberme adivinado el pensamiento.

– Después.

Es todo lo que dice, y no puedo sino estar de acuerdo con él; sobre todo cuando escuchamos el inconfundible motor de los deslizadores. Un escalofrío me recorre la nuca. Sólo hay una especie con el permiso de usar ese medio de transporte en los suburbios.

– ¡Los kreel – grita Jasper, y nuestros pies responden antes de que termine el resto de la oración –, corran!

Seguimos al pelirrojo por las calles recién pavimentadas y entre las blancas edificaciones. Mire donde mire, no hay ni una sola mancha; me pone los nervios de punta. Los deslizadores parecen acercarse, y no parece, de ningún modo, que hayamos conseguido ganarles algo de terreno.

– Espero que sepas a dónde vamos, Jazz. – exclama Will.

– Qué va. ¿Crees que arriesgaría el trasero al venir al nido de los kreel sin un plan?

Justo en ese momento nos detenemos frente a una casa exactamente igual a las demás. Jasper se apresura a abrir la puerta y entra sin mayor demora. Le sigo yo, y Will, en la retaguardia, es el último en entrar, cerrando la puerta tras de sí. Espero a que alguno de los dos se mueva, pero permanecen en su lugar, observándome.

– Ehm, ¿hola? ¿Soy la única que recuerda que hay un montón de kreels buscándonos por debajo de cada piedra de los suburbios mientras estamos aquí parados sin hacer nada? – Nuevamente, nadie responde.

– No puedes llevártela así, Will – dice Jasper.

– Ya lo sé.

– No podemos arriesgarnos. Vamos a tener que hacerlo aquí y ahora.

Will permanece callado un momento y ambos se giran hacia mí. Yo no puedo soportar más el que estén hablando de cosas que no entiendo frente a mí. Me llevo ambas manos a la cadera.

– ¿Hacer qué? ¿Cómo que aquí y ahora? Por Dios, ¿es que nadie piensa explicarme nada?

Will le dirige una mirada a Jasper, a la que él solamente asiente. Después, Will cierra los ojos inclinando su cabeza levemente y suspira. Al abrir los ojos, esta vez es a mí a quien le dirige la palabra.

– Realmente preferiría que hubiera otro modo de hacer esto, Mina, pero no creímos que los kreel fueran a detectarnos tan rápido.

– Detuve las sirenas tanto como pude – dice Jasper –, pero algo me dice que nuestra posición fue revelada por alguien dentro de la Orden. No hay manera de que hayan podido rastrear la señal de nuestros transmisores.

Ah, sí. El implante. Se supone que están hechos de materiales orgánicos extraídos del mismo exoesqueleto de los kreel. Por lo mismo, les es imposible detectarlo en los escaneos corporales de protocolo. Ningún miembro de la Orden habría pensado siquiera en traer artefacto alguno a los suburbios. Los kreel estaban diseñados para rastrear cualquier tipo de tecnología gracias a la sensibilidad de los sensores en su cráneo; los mismos que, al alcanzar cierta edad, acaban por comerse el tejido interno de sus globos oculares y dejarles ciegos.

Pero, de igual manera, no había registros de que ningún kreel hubiese sido capaz de hallar la existencia del implante dentro del cuerpo de alguno de nosotros. Está diseñado de tal manera que, en cuanto deje de recibir pulsaciones nerviosas o reciba el código nervioso (lo primero que te enseñan a configurar tan pronto te han colocado el implante, y que se desencadena mediante una secuencia de pensamientos específicos), active una sustancia que permite camuflarse con el tejido orgánico del receptor.

Es por esto que antes de colocártelo tienen que hacer mil pruebas de compatibilidad antes de poder dictaminar si eres apto para el procedimiento. Había escuchado de varios casos en los primeros años del experimento que habían terminado bastante mal; incluso contaban por ahí que hubo una mujer a la que le salió un tercer ojo en la nuca (tener tres ojos no es algo raro cuando existen más de veinte millones de especies catalogadas en la guía intergaláctica, pero de ahí a que te salga uno de la nada).

– Bueno, esto no nos está llevando a nada. – digo un tanto exasperada. – ¿Me van a decir qué demonios sucede o no? – Ambos chicos se miran.

– Verás… – comienza Jasper.

– Mina tiene razón, esto es absurdo – espeta Will, y da un par de pasos hacia mí hasta sujetarme del hombro, clavando sus ojos en los míos. – Mina: tenemos que sacarte una costilla.

… ¿Qué?