Entre amigos y estructuras morelianas

Por Sabina Suárez

6 de noviembre del 2019

Entre amigos y estructuras morelianas

Por Sabina Suárez

6 de noviembre del 2019

Fue un día caluroso en el que llegamos once del equipo en caravana, directo al centro de la ciudad monarca. “Lleven algo para taparse, porque dicen que está fresco”, les dije a todos antes de irnos. Al primer momento en el que uno de ellos bajó el pie del auto, me reclamó ante la ola de calor que nos pegó a todos por igual: “tú me dijiste que haría calor y te hice caso”, dijo con divertido despecho.

Por las calles de cantera, caminamos entre las paredes frías durante un par de cuadras hasta dar con la sede principal del Festival de Cine de Morelia; el Cinépolis del centro, por supuesto construido con aquella piedra rosa que caracteriza a esta belleza de ciudad colonial, cuyo particular olor rociado nos cobijó. Refugiados, en un lugar que recopila lo que a todos nos une y a lo que a todos nos apasiona. Algunos fueron directamente a comprar entradas para la siguiente función. Sólo habían pocos boletos restantes, pensamos que no podríamos entrar todos, pues las entradas para el público general eran limitadas. Cargamos con suerte, pues con la ayuda de una acreditación externa, todo el equipo pudo entrar a ver The Lighthouse, la segunda película de Robert Eggers, cuatro años después de su debut como director con la cinta The Witch

Entramos, nos sentamos; esa sala era especial, pues tenía el nombre de Robert Redford grabado en acero. “Wow”, pensé, “estoy en la sala donde estuvo Robert Redford hace unos días”. Noté los nombres de actores y directores bordados en todas las butacas. Yo me senté en la de Willem Dafoe. Empezó. Y, quizá fue el hecho que nos sentamos en las primeras filas, o pudo haber sido el litro de Icee rojo que me causó una subida de azúcar, la monótona ansiedad y los pelos de punta, pero me fue casi imposible apartar los ojos de la pantalla. Quizá fueron todos los factores conjuntos, además de la brillante ejecución de Eggers y el magnífico trabajo actoral de Pattinson y Dafoe. El único espacio que me tomé para descansar la mirada, fue cuando voltee a ver a los demás. Vi cómo todos los presentes en la sala reaccionábamos al mismo tiempo: manos en las sienes, rodillas encogidas, ceños fruncidos, uñas mordidas, ojos bien abiertos. Salimos, atónitos. “No sé. Todavía no sé qué pensar”, dijo uno de ellos mientras jugaba con sus rizos y meditaba.

Ya no hubo boletos suficientes para la misma función, así que nos separamos entre salas bajo ese mismo techo de roca agujerada. Solamente tres alcanzaron entradas para la selección oficial de cortometrajes ganadores del festival. Entre ellos, Eclosión, Tuyuku (Ahuehuete), y Encuentro. Cruz, cortometraje de titulación realizado por mis compañeros de la universidad, no llegó a los ganadores, pero dio batalla en la selección oficial.

Otros lograron entrar al largometraje mexicano ganador del Ojo, Ya no estoy aquí de Fernando Frías de la Parra. Mientras, nos metimos a la proyección de Así habló el cambista, una producción Argentina-Uruguaya, que quiere ser una especie de fusión entre Goodfellas y El lobo de Wall Street, pero es carente del factor Scorsesiano. No muy carismática, sin embargo ingeniosa, entretenida, ágil. Pensé que tal vez debí de haber visto Ya no estoy aquí, pues me reuní después con las mismas personas con las que llegué, mas se veían diferentes. Hasta el más antipático de nosotros salió predicando que era la mejor película que había visto. En fin, una debe ver lo que se le ponga enfrente cuando va al festival de cine más grande de México.

De regreso, en la casa, discutimos entre todos, a gritos y carcajadas, platicamos sobre las películas que habíamos descubierto. Sentados en círculo en aquella residencia de cantera cuyo eco resuena en mis oídos, quedó plasmado en mi memoria. Conociéndonos –más–, divirtiéndonos. Sin embargo, “tenemos que estar frescos para mañana”, escuché una voz a lo lejos. Sí, teníamos que despertarnos para ir por boletos de la película de las 11:00 AM.

Diez de la mañana, desayunamos, nos arreglamos. Nosotras caímos en el cliché de tardar horas en arreglarnos, así que ellos se adelantaron. Llegamos tarde pese a que corrimos el par de cuadras al cine. Reconocimos a los nuestros sentados en primera fila. Debimos haber sido más silenciosas, pero no pudimos evitar la emoción al verlos. Parasite, del surcoreano Bong Joon-ho, ya tenía un par de minutos de haber empezado. Apenas me senté y no pude parar de reír a carcajadas: “Yo me reía más de tus risas que de la película”, me dijeron al salir. Y de la misma forma, mis reacciones de sorpresa, malestar, e incertidumbre, fueron igual ruidosas. Una montaña rusa de emociones que sólo podía apaciguarse con la más reciente de Woody Allen, A rainy day in New York.

Basta con decir que salimos enamorados, con un suspiro atorado en los pulmones y pensando: ¡qué bonita película!. Enamorados de Chalamet, y de Fanning, de Selena Gómez, de Jude Law, y de Liev Schrieber. Enamorados de un enredo amoroso, como suelen ser sus guiones, y esperanzados – no con un final feliz de cuento de hadas, sino con un final feliz que se siente, y se quiere que sea real. Así, con un sabor dulce, tras la experiencia de ver una buena cinta de Allen, salimos por la puerta trasera, una que ya me parecía familiar, pues por ahí habíamos salido todas las veces. Y sí, por supuesto que en otoño es muy común que llueva, pero no pudo haber sido más adecuada la referencia, que esa tarde lluviosa en Morelia. Un encuadre amplio de nosotros sentados en un café, tomando una copa de vino. El soundtrack del piano alegre, color rosa, está dado por hecho en el fondo, como si estuviésemos escritos y dirigidos por Woody Allen.

Bacurau, aclamada producción brasileña, fue la siguiente en el itinerario. Entre la capoeira techno, el dron platívolo sobrepuesto en la imagen, y el horror social representado, me perdí entre risas silenciosas interrumpidas por sustos inesperados. No fui la única a la que le disgustó, pero hasta estaba disfrutando, aún cuando no disfrutaba.

Volvimos a casa, y no descansamos. No me quiero ir –me digo a mí misma–, me hacen falta días. Me doy cuenta que son las ventajas que vienen con formar parte de Kinoki: ver cine, y mis amigos. Podría acostumbrarme a esto. Llegó el domingo y pese a estar contenta, siento nostalgia por algo que apenas terminó. Pienso, y me da nostalgia por algo que aún no termina; mi tiempo en Kinoki pasa como agua. Más pronto de lo que puedo concebir, partiremos y nos llevaremos experiencias como esta. Nuestra corta estancia en Morelia se traduce a un episodio de mi vida en el que llevaré marcadas las películas que vi, y las personas con las que las compartí, dentro de aquellos cuerpos de cantera, acogedores, que tanto me hicieron sentir parte de algo bello, que trasciende y es más grande que cualquiera de nosotros. Creo que no hay mejor lugar para que Kinoki se uniera y se fortaleciera, que en donde reside el festival más importante de México: aquellas callejuelas michoacanas que nos recibieron con  sus puertas abiertas, calor, lluvia, y buenas películas.