La luz en la tormenta de la locura

Por Óscar Zueck

7 de noviembre del 2019

La luz en la tormenta de la locura

Por Óscar Zueck

7 de noviembre del 2019

The Lighthouse, segunda película del director norteamericano Robert Eggers, nos muestra uno de los muchos rincones de la locura humana, uno que parece lejano, pero se encuentra únicamente a unos pasos de distancia. Es un paseo estético hacia la ausencia de razón y los lares más nebulosos del ser. Fiel a la esencia del director, el lugar en el que se desarrollan los hechos juega un papel importantísimo en la narrativa y el folclor de la época nos traslada a un tiempo de antaño. A un lugar en el que no nos gustaría encontrarnos, en el que deseamos nunca estar.

La película narra la historia de dos hombres encargados de mantener funcionando un alejado faro de Nueva Escocia. El lugar es desolador. Rocas y mar es lo único que se puede encontrar en la pequeña isla, bueno, y el faro. Los personajes son de diferentes edades, uno joven y vigoroso que busca hacer su trabajo de manera perfecta, y otro, viejo, flatulento y con experiencia, que sabe que la única forma de sobrellevar las cuatro semanas que estarán en la isla es a través del consumo excesivo de alcohol. La relación no es perfecta pero funciona, con una sola salvedad: “¿Quién cuida la luz del faro?”.  Este hecho marca el inicio y fin de la confrontación mostrada en el filme. El viejo, interpretado por Willem Dafoe, se adjudica la tarea causando molestia en el joven recién llegado, encarnado por Robert Pattinson. Los días para éste, se vuelven de trabajo duro y las noches se transforman en una prisión de soledad y obscuridad. Un lugar en el que una persona que guarda un terrible secreto no podrá soportar. No hay mayor pena que reflexionar sobre los actos propios, en los que nuestra consciencia se convierte en verdugo. Todo mientras el viejo goza de la luz, de la certeza, el calor y la ausencia de penumbra.

El terror no es directo ni banal, no se recurre al sonido para tratar de generar una sensación de inconformidad. No, Eggers no necesita ese tipo de artilugios para hacer que su película funcione. El manejo de profundidad de plano nos permite vislumbrar las dimensiones de las locaciones y entender la inmensidad del faro. Sus cuartos, a pesar de ser pequeños, nos parecen inmensos, como si cada detalle que se presenta buscara auxiliar a la narrativa principal. Los exteriores se ven planos, una manta gris que representa el cielo nos impide ver más allá. Sólo existe el faro, sus misterios y la locura.

Los hombres luchan por la luz, por el poder que representa ese falo. Tienen que escapar de la sombra, del anonimato y de los trabajos duros. De limpiar la mierda de la letrina. Tienen que estar al lado de la luz, el gran tesoro, y ser hombre como su honor y educación los manda.

Al igual que en su ópera prima, The Witch, los animales son el puente, el vínculo hacia lo sobrenatural. Las aves atormentan al recién llegado, cuyo nombre no se sabe a ciencia cierta, y la verdad no importa, no en un lugar en el que nadie está interesado en pronunciarlo. Los ojos de las gaviotas lo miran fijamente y presagian la tempestad. Las cuatro semanas se alargan, una maldición se posa en el faro y en sus desdichados ocupantes. El alcohol se toma como agua, la realidad se posterga, la lluvia no afecta, las canciones son cantadas con alegría; hasta que se acaba el brebaje de Baco. Se quedan solos, con sus fantasmas, traumas y arrepentimientos. En medio de una tormenta que les presagia el fin. Bajo una luz que debería representar la salvación para los marineros, pero que es la perdición para aquellos que se encuentran entre sus paredes. La locura nos guía a todos.