La pesada y violenta roca de la abundancia

Por Alex Ramírez

10 de noviembre del 2019

La pesada y violenta roca de la abundancia

Por Alex Ramírez

10 de noviembre del 2019

Esta década sólo dos películas han logrado ganar la Palma de Oro de manera unánime. La primera fue “Blue is the Warmest Color” en el 2013 y la segunda y última fue la nueva película del aclamado director surcoreano Bong Joon-Ho, “Parasite”. Tras coquetear con la grandeza con películas como “Memories of Murder” y “The Host” (dos de las películas favoritas de Quentin Tarantino), Joon-ho terminó de consolidarse como uno de los directores asiáticos más importantes del siglo con su película del 2013 “Snowpiercer”; protagonizada por Chris Evans, el de los anuncios de Lala, y Tilda Swinton, “Tenemos que Hablar de Kevin” y (ojalá) futura David Bowie en alguna biopic. La punzante crítica social y la vibrante acción de “Snowpiercer” pareció ser el alto de la carrera de Joon-ho, sobre todo después de que su siguiente película “Okja”, producida por Netflix, no fuera recibida con la misma emoción, ni por críticos ni por los espectadores.

Sin embargo, si hay algo que no se le puede criticar a Joon-ho es su particular estilo extraño y encantador y su manera de crear mundos que puedan parecer tan lejanos del nuestro pero que, al mismo tiempo, sean tan críticos como el mejor de los documentales. En “Parasite”, el director fusiona muchas de las temáticas con las que ha jugado antes y el resultado es la película más simple y a la vez la más compleja del coreano.

“Parasite” cuenta la historia de dos familias, los ricos e ingenuos Park y los pobres y recursivos Kim. Si bien el enfoque de la película son los Kim, como buen filme coral no hay ningún personaje que sobresalga mucho más que otro. La trama comienza cuando el hijo, Ki-woo, se encuentra con un amigo de la infancia el cual le deja dos regalos: el primero es una roca que supuestamente le traerá buena fortuna a la humilde familia Kim y el segundo es una propuesta de trabajo. Le dice que, ya que él se va de intercambio, necesita alguien que le dé clases de inglés a una adolescente adinerada mientras él no está. Más que un favor honesto su amigo le delega la labor de tutor ya que confía en que el feo y pobre Ki-woo no amenazará las intenciones que él tiene con Da-hye, la adolescente adinerada e hija mayor de los Park.

Después de que su hermana le ayuda a falsificar un certificado de inglés para convencer a la crédula madre Park, Ki-woo comienza a darle clases a Da-hye. Y el primer día como tutor se da cuenta de algo; a la familia Park le sobra dinero y le faltan ciertas personas de confianza que puedan ayudarlos en su día a día. Por ejemplo, el hijo menor Park, un niño hiperactivo con una afinación por el arte, podría tener su propio tutor. O tutora. Con esta excusa propone inocentemente a una jovencita, amiga de una amiga, que alguna vez escuchó era muy buena maestra de artes plásticas. Y así de fácil logra convencer a los Park de que contraten a su hermana, Ki-Jeong, para que sea la tutora de su hijo, sin que sepan que en realidad ya tienen a dos miembros de la familia Kim trabajando para ellos.

El siguiente objetivo es el chofer. La hija Kim, Ki-Jeong, se encarga de que los Park desconfíen de él para que lo despidan y ella, como su hermano, les recomienda a alguien para que sea el nuevo chofer. Así entra el patriarca de la familia Kim, Ki-taek, a trabajar para los Park. Por último, tienen que reemplazar a la mucama y niñera, Moon-gwang, la cual ha trabajado mucho tiempo para los Park y en quién confían ciegamente. En una hilarante secuencia consiguen su objetivo y es así como la familia Kim se adhiere sin mucho problema en la casa y vida de los Park.

Hasta aquí la película es una comedia divertida, con uno que otro elemento crudo, pero bastante ligera. La dirección, la cinematografía y sobre todo los diálogos elevan la película de farsa cualquiera a brillante sátira social. Todo parece que va viento en popa para los Kim y los ilusos Park hasta que una fatídica noche la rica familia se va de viaje a acampar.

Fue alrededor de este momento que, emocionados por la película, un amigo y yo empezamos a cuchichear sobre lo que iba a pasar. Aprovechamos los momentos en que la sala irrumpía en risa para hacer nuestras hipótesis; él me dijo que creyó que algo iba a pasar con los perros de la familia, que accidentalmente los iban a envenenar y de ahí tenían que ver cómo le hacían para arreglar ese problema. Yo le dije que seguramente los Kim iban a encontrar una manera de quedarse a vivir en la casa y que se convertiría en una especie de “Nosotros los Nobles” a la inversa. Ya terminada la escena de la noche de acampar nos quedó claro a ambos por qué Joon-ho hace las películas y nosotros nada más las vemos.

La dirección que toma es totalmente inesperada, esquizofrénica y absolutamente brillante. Cualquier posible susurro que dudara por qué ésta aparentemente inofensiva comedia familiar ganó unánimemente la Palma de Oro fue silenciado tan pronto se revela el gran secreto de la casa. La primera mitad de “Parasite” es imperdiblemente chistosa, se mantiene por sí sola sin ningún problema, pero ¿la segunda mitad? Es una oda a la inevitable depravación que generan las clases sociales y, lo digo como amante de “Snowpiercer”, la mejor película de Joon-ho y puede que lo mejor que haya visto en el año.

Brillantemente dirigida, escrita con un ingenio absoluto, y con un comentario social que enfría al corazón más optimista y abre los ojos más apáticos. Podrías pasarte toda la película especulando sobre cómo terminará pero, aun si te duermes a la mitad y sueñas el final más loco, no te acercarás al brutal desenlace de la película que arrasó con Cannes este año.