Oblivion

Por Verónica Pedroza

31 de octubre del 2019

Oblivion

Por Verónica Pedroza

31 de octubre del 2019

Nada. Les digo que no recuerdo absolutamente nada. Ni por qué estoy encerrada en este cuarto gris siendo interrogada, ni los crímenes que se me imputan, ni el veredicto del juzgado; ni siquiera mi nombre. No sé quién soy, pero el pensamiento no me turba en lo absoluto. Algo en mi garganta me dice que estoy mejor sin saberlo. Siguen haciéndome mil preguntas, y a las mil contesto siempre lo mismo:

– No me acuerdo.

No sé cuánto tiempo pasan interrogándome. Cada cierto tiempo entra alguien a dejarme una bandeja de comida: pan de trigo terrestre con guisado de patatas y un vaso de leche de marnu. En todo el lapso que transcurre, nunca los veo a ellos probar bocado.

Me preguntan por mis padres, donde vivo, si tengo una pareja; hay un nombre que parece repetirse con particular recurrencia: la Orden. Siento un cosquilleo en la sien derecha cada que le mencionan. Me digo a mí misma que es por el efecto de los somníferos que me administran de tanto en tanto. Esto continúa hasta que, por fin, parecen satisfechos con mis respuestas.

– Protocolo de reinserción social, terminado – espeta aquél que hubiera hecho las preguntas con su voz metálica.

Entonces, las figuras que hasta ese momento habían permanecido inmóviles se retiran de la estancia por el espacio rectangular carente de puerta; sus miembros moviéndose en perfecta sincronía. Bueno, eso resolvía al menos una de mis dudas: era una criminal. Énfasis en el era. Si lo que dicen sobre el Protocolo es cierto, entonces no queda nada de la persona que solía ser. Un chasquido, y los grilletes que retuvieron mis muñecas a la silla se sueltan. Una línea blanca se ilumina en el suelo con un pitido suave seguido de una voz femenina.

– Felicitaciones: Eres un ciudadano nuevo. Sigue la línea para dirigirte a la salida y darle la bienvenida a tu nueva vida. Y no lo olvides, tu reinserción social ha sido posible gracias a Oblivion Corps.

– ¡Gracias, Oblivion Corps! – Esta vez es una grabación coral infantil.

– Gracias, Oblivion Corps – Al terminar la oración, mis piernas se ven liberadas de la misma manera que mis muñecas.

Me levanto de mi asiento con menos dificultad de la que hubiera pensado y me dirijo a la salida. A medida que avanzo por el pasillo de fuera, me cruzo con muchos marcos semejantes al que acabo de pasar; curiosamente, pese a no tener puerta, no puedo ver absolutamente nada de su interior. Por fin, una luz al final del pasillo entra en mi campo de visión. Mi primer contacto con el exterior desde que desperté.

Me planto enfrente de la puerta de vidrio, pero el sensor parece no detectarme. Agito mi mano con la esperanza de que reconozca el movimiento, cuando la misma voz femenina interrumpe mi, lo admito, patético saludo. Me giro en dirección del sonido, y me doy cuenta de que había pasado por alto la pantalla a mi costado. En ella, la proyección de una mujer me mira con una sonrisa de aspecto poco natural.

– Hola, mi nombre es Maybelline. Se me ha asignado la tarea de proporcionarte tu nueva identidad – Un sobre transparente cae en un compartimiento adyacente a la pantalla. – Por favor, toma tus documentos de identificación antes de salir. Recuerda que sin ellos no podrás completar tu proceso de reubicación.

Procedo a tomar el sobre y me dirijo de nuevo a la salida. La puerta se abre, y me detengo brevemente en el marco para apreciar el paisaje frente a mí. La luz lastima mis ojos y tardo un poco en acostumbrarme.

– Bienvenida de nuevo, Paige – exclama la computadora.

«Mina.»

Doy un paso al frente y la puerta se cierra. De repente, la cabeza ha comenzado a dolerme de una manera que no hubiera pensado posible. Mis oídos oyen toda clase de ruidos, cuyo conjunto se asemeja al sonido de la estática de las viejas televisiones terrestres. Mi vista se vuelve borrosa. Me llevo mi mano derecha a mi sien; con la otra, trato de asirme a la pared detrás de mí, pero me topo con la nada y caigo de bruces en el suelo. Me llevo ambas manos a la cabeza. Me duele, alguien, ayúdeme.

Escucho gritos a mi alrededor y un par de explosiones, y una mano me toma del brazo. Hago un esfuerzo por enfocar y ver de quién se trata, pero apenas y soy capaz de distinguir su silueta entre los cientos de manchas que tratan de huir. No me detengo a pensar ni de qué huyen ni quién es la persona frente a mí. Me agarro de su brazo con el que tengo libre y me pongo de pie.

«Mina, ¿puedes oírme?»

Ah, ese era mi nombre, ¿cierto? Así solían llamarme antes de que me apresaran los kreel. Lo recuerdo todo. La Orden, el implante que va desde mi garganta hasta mi sien derecha que impide la omisión total de mi memoria, Will… De repente, el pánico se apodera de mí. Él había estado ahí cuando me aprehendieron. A la mierda las explosiones, los gritos y los disparos que están ocurriendo en este momento, tengo que saber si está bien, tengo que-

Palpo el brazo de mi rescatador. Aquella chamarra de cuero tan familiar. El dolor de cabeza y el pitiido de mis oídos carecen de importancia. Hago un esfuerzo por abrazarle y clavo mi rostro en su pecho. Huele a él, se siente como él, tiene que ser él. Alzo la vista hacia su rostro y doy mi mayor esfuerzo por distinguir sus facciones. Un par de ojos grises me miran llorosos y llenos de expectación.

– ¿Will…? – Pregunto con lágrimas escurriendo por mis mejillas. Él me atrae hacia su pecho y hunde su rostro en mi cabello en el espacio entre mi clavícula y mi cuello.

– He venido a llevarte a casa, Mina.