– Los kreel colocaron un rastreador en una de tus costillas. En una situación ideal, tendríamos el equipo necesario para realizar un procedimiento quirúrgico de emergencia, y sólo retirar el rastreador. – dice Jasper.

– Pero – lo interrumpe Will –, como te habrás dado cuenta, no tenemos ni el equipo ni el tiempo para darnos ese lujo. Mira, te voy a ser totalmente honesto: no traemos ningún tipo de anestésico. Tampoco un láser que pudiese facilitar el proceso. El único láser que pudiéramos utilizar es el que usamos para entrar aquí, y dudo que tu cuerpo tenga la misma densidad que un casco de cincuenta centímetros hecho de magnorita.

– Entonces... ¿Cómo demonios lo piensan hacer? – pregunto. En ese momento, Will se lleva una mano a su cinturón, sacando un cuchillo que sólo le hubiese visto empuñar dos veces: la primera, al sacarlo del pecho de su abuelo, y la segunda, para clavárselo en el mismo lugar al que lo asesinó.

– A la antigüita.

Siento cómo un escalofrío me recorre desde encima del coxis hasta la nuca. Confío en Will, lo he visto practicar en los campos de entrenamiento; pero no creo que pueda compararse el atinarle al centro de una diana a diez metros de distancia con una operación de extracción de tejido óseo. Además, ¿qué hay de la sutura? ¿Van a improvisar con un hilo de sus pantalones? ¿Y cómo demonios piensan que voy a ser capaz de moverme sin una costilla así como si nada?

– No te preocupes – continúa –, traemos la prótesis correspondiente. – Le hace una señal a Jasper, y éste la saca de su bolsillo con la sonrisa más solidaria que fue capaz de emitir. – Y dado que no tenemos hilo, tendremos que cauterizar la herida con mi encendedor. – Will me mira en un tono un poco más burlón. – Y decías que fumar no me iba a traer nada bueno. ¿Se retracta usted de sus palabras?

Sé que no es el momento para este tipo de bromas, pero el sarcasmo de Will es algo que extrañaba más de lo que hubiera pensado, y, sobre todo después de lo monótono de los gestos de los kreel, no puedo menos que agradecérselo.

– Sólo las corrijo: Juntarte conmigo es lo que no te traerá nada bueno.

Touché.

– Entonces – dice Jasper –, ¿empezamos?

No me queda de otra más que tragar saliva y asentir. Me recuesto sobre el suelo y me levanto la blusa hasta dejar al descubierto la parte de mi abdomen sobre la que tienen que trabajar, mordiendo la parte inferior de la prenda. No hay tiempo para el pudor, así que me trago la vergüenza y evito mirar directamente a los ojos a cualquiera de los dos. Siento como uno de ellos se arrodilla para sujetarme las piernas. Intuyendo a qué se debe tal cosa, coloco mis manos debajo de mi espalda. De por sí se trata de una operación delicada; no pueden arriesgarse a que me mueva mientras me cortan.

– A la una... – dice Jasper a mis pies – A las dos… –  Pero el tres nunca llega. Siento como la navaja atraviesa mi carne y grito. El dolor es espantoso. Las lágrimas salen de mis ojos una tras otra mientras arqueo mi espalda. Ya no evito sus miradas; simplemente miro hacia el techo, y ni siquiera. Está todo borroso a causa del llanto.

– ¡Sujétala! – Esta vez, Jasper coloca sus brazos en uno de mis hombros, dejando caer todo su peso encima de mí, que, seamos honestos, no es poco. No porque esté fuera de forma, sino por la cantidad de músculo que ha trabajado durante todo el tiempo que no le he visto. Trato de no moverme, pero el dolor es demasiado. – ¡Te dije que la sujetes!

– Lo siento, Mina. – Dice Jasper. De repente, siento un golpe increíblemente fuerte en la cabeza, y todo se pone negro.