Entras al cuarto. Respiras. Giras la cabeza de un lado a otro. Te sientas en una silla vacía. Estás entre dos personas. Respiras con fuerza. El aire llena tus pulmones. Escuchas a alguien toser del otro lado del cuarto. Cierras los ojos.

Te preparaste esa mañana, lo hiciste. Pusiste tu alarma a las 7:50 a.m. Tomaste una ducha, desayunaste con tranquilidad. Te vestiste apropiadamente. Estás cansado, muy cansado. Ayer te dormiste a las 2:30 de la madrugada. Estabas nervioso, mucho, y estuviste practicando esas líneas una y otra vez, hasta enraizarlas en tu cerebro.

Leíste las palabras en lo que parecía una repetición infinita. No sólo las memorizaste, hiciste que no se te pudieran olvidar jamás, pero sin embargo, sabes que esa sigue siendo una posibilidad. Te aterra la idea de que esos párrafos se desvanezcan de tu mente en el momento crucial y te dejen completamente desnudo y abandonado.

Llegas al andén del metro a las 9:48. Esperas impacientemente la llegada del vagón. Quieres que el tiempo pase, y que pase rápido. Pero hay un problema. También quieres que el tiempo se congele, que se frene en ese mismo instante y que no reanude su andar hasta que tú lo decidas, pero sabes que eso nunca va a pasar y por eso necesitas que avance con velocidad.

Sabes que estás listo, tienes que estarlo, ¿no? Inconscientemente te llevas preparando para ese momento toda tu vida. Las clases en la infancia, las prácticas en la adolescencia, las cientas y probablemente miles de horas que has ensayado, que has practicado, que has memorizado… Sabes que estás listo, ¿por qué no quieres creerlo?

Y llega el momento, estás sudando, los números avanzan y cada vez hay menos gente en aquella habitación. Ries nerviosamente. Escuchas el llamado de los nombres que van saliendo. Hombres, mujeres y personas de todos los géneros se levantan, avanzan y salen. Y cada nombre te carcome en nervios cada vez mayores.

Miras tu teléfono. Ya son las 11:52. Impaciencia. Se está acercando el momento. Sientes una presión inenarrable en el pecho y te cuesta respirar. Tiemblas. Tu rodilla salta incontrolable. Cierras los ojos y te preparas para el momento. Llevas tanto tiempo esperando, tanto tiempo listo. Lo quieres y sólo hay una cosa que te impide conseguirlo.

Escuchas tu nombre.

Te levantas del asiento con torpeza. Respiras profundamente. Caminas, caminas lento, o rápido, ya no lo sabes, sólo caminas. Pero llegó el momento, tienes que enfrentarte a ello, ya lo has hecho muchas veces, ¿o quizás es la primera vez?, aunque definitivamente no es la última. Sabes que ese momento será efímero y te relajas. Recuerdas que una vez terminado tendrás que soportar una espera larga y tediosa, y el miedo vuelve. Nunca en tu vida habías estado tan nervioso y emocionado al mismo tiempo. Una vez más, vas a ello. Quieres el papel, y va a ser tuyo.

Estás sólo a un casting de distancia de conseguirlo.