Niños que habitan el cine mexicano.

“Ese pálido niño […] vive y se desarrolla, se enlaza y se desenlaza en el sufrimiento, en presencia de las realidades sociales y de las cosas humanas, como testigo pensativo. Se cree a sí mismo despreocupado, pero no lo es”

(Victor Hugo, 1862) 

  1. Los Ausentes (José Lomas Hervert, 2017)

La música es testimonio de la vida y arrullo de la muerte. En Los Ausentes existen sones que se mueven entre rincones de la memoria para acicalarlos. Tres niños que van de casa en casa a cantar cuando se es requerido, cargando sus instrumentos como una extensión de su piel y que, solitos, se preparan para tocar.

José Lomas en este cortometraje nos lleva a un velorio en la Huasteca Potosina con estos niños que no se saben más de tres canciones. Al terminar, la viuda les pide una cuarta. Entonces, Rafaelito, con su mirada en los pies de la mujer, suelta un débil “Este es El ausente”. Con toda su fuerza mueve sus dedos y, meneando su cuello, empieza a cantar.

El ambiente blanco y negro de la historia nos envuelve en una clase de realismo mágico. Esta historia es una gotera de las diversas realidades de la infancia en México. Algo casi angelical, son los ausentes canturreando para hacerse notar. 

2. Tesoros (María Novaro, 2017)

Y yo cantando espero, que la vida cambie su color

(Letra de Colores de Ampersan)

 

La familia de los güeros llega de mala gana a vivir en Barra de Potosí, un paraíso de calor. Son recibidos en la escuela por niños y niñas que felices les dan la mano para guiarlos por el lugar. Uno de los recién llegados, Dylan, obsesionado con un juego de piratas, descubre que el paisaje se parece al de su nuevo hogar. Así, tras contarle a los demás niños de un posible tesoro entre tanta arena, se organizan para encontrar esa cruz que les revelará el cofre de Francis Drake.

En esta cinta de María Novaro los niños juegan en albercas, se tuestan bajo ese sol que los vio nacer y andan corriendo de aquí para allá con sus cubetas llenas de jaibas. Incluso tienen tiempo para sentarse a comer y discutir sobre dinero y piratas; así es como la directora y guionista nos habla de un México posible. Uno dónde los niños cavan en busca de magia y no de cuerpos.

También toca el tema del medio ambiente. En la escuela rural aprenden de la vida marina de la zona, de cómo cuidarla y de las necesidades del ecosistema. Ahí, la tierra sí es de quien la habita, de quien la trabaja. Es hermoso ver cómo los niños andan sin miedo explorando paisajes y aventurandose. Son camaradas que, tras una larga expedición, regresan a casa, comen dos quesadillas y entre burlas se sacan a bailar. Cintas como estas son necesarias. 

Para muchos la idea de tranquilidad en el país se ha vuelto fantasía, una triste utopía. Sin embargo, María Novaro no se rinde. Nos enseña que no darnos por vencidos es lo mínimo se merecen los niños de nuestro país.

3. Cómprame un revolver (Julio Hernández Cordón, 2019)

La realidad mexicana no se digiere ni con el mezcal más fuerte. Es una maraña de violencia, de crímenes y gente que intenta sobrevivir. En Cómprame un revólver, tenemos un ambiente que podría ser post apocalíptico si no fuera tan familiar. Narrada por Huck, una niña que no pasa los 10 años, nos adentramos a un territorio de narcos en el que todo se roban. Incluso ella tiene una cadena en el pie para evitar que se la lleven pues, ahí, a las mujeres las desaparecen. Huck, vive en un camper junto a su papá Rogelio que se dedica a cuidar y mantener el estadio de béisbol para que los jefes puedan jugar a gusto. La falsa pretensión de seguridad que les da la cercanía a los narcos se va desmoronando con el paso de la cinta.

El contexto de violencia se entiende sobre los niños sin ser visualmente activa. Sabemos que uno de los tres amigos de Huck que viven escondidos al estilo Señor de las moscas, ha perdido un brazo debido a un machetazo por parte del jefe. Pero Julio Hernández no nos muestra esa escena visceral del brazo desprendiéndose o los gritos del pequeño, no. Él lo pone ahí, como testimonio del territorio en que se mueven los niños y es suficiente para dejar a uno con boca seca.

 

Durante toda la historia hay secuencias que nos obligan a apretar la mandíbula y tronar cada uno de los dedos en un arrebato de ansiedad. No sabemos qué decisión vaya a tomar el personaje ni cual sea obligada a tomar, por ello nos pegamos a la pantalla pensando: Huck sobrevivirá. Nos convencemos de que la suerte de su papá lograra rescatarla de lo que un país entero falló en hacer.

4. Vuelven (Issa López, 2019)

La palabra huérfanos de violencia tiene una forma tangible en Vuelven. Es una representación del retorcido sueño de despertar un día y descubrir: No hay adultos que digan que hacer. Issa López deja colar la imaginación y fantasía de la niñez como defensa a un ambiente hostil. La película retrata qué pasa cuando la brutalidad del día a día de Estrella, una niña de 10 años, se cuaja con la desaparición de su madre.

Vuelven es una red de la que no se puede escapar. Los fantasmas caminan con Estrella y sus amigos, les hablan. No son fantasmas lindos y transparentes sino cuerpos ensangrentados que aún muestran sus torturas. Issa López en una entrevista con Gatopardo se refirió a su película como una fábula oscura. Representación de maneras inhumanas de actuar, de moralejas baldías. De todas las películas que conforman esta nota, esta es sin duda la más cruda de todas. Aquí no existen las hipótesis, sólo la profundidad de lo que ya es.