Películas y documentales que no huyen de los morenos.

Recuerdo como de chica evitaba el sol y vestía de mangas largas. Era algo normal que entre las niñas se hablara de quien era más güerita. Daba cierto valor tener la piel más blanca, el cabello más claro y, de pilón, menos pelos en brazos y piernas. 

Ser moreno se volvió sinónimo de pobreza, de rateros, de ignorancia, de olor a metro, de nacos, de la famosa expresión: más mexicano que un nopal. La belleza se reducía a banalidades. Incluso entre morenas nos mediamos: “no, tu eres más negra que yo”, “tu estás más tostada”, “tu eres color indígena”. Y así, la piel ofrecía apodos que, con la más grande amargura, se tragaba uno por la vida. 

En el 2019, el actor Tenoch Huerta, participó en un documental publicado por El País sobre el racismo y la discriminación en México. Habló de que hay una magia que rodea el tema del clasismo y racismo (que van muy de la mano) y evita que lo notemos. Cuestionó las historias a las que se da prioridad en la industria del cine en México y, al hablar de su existencia en la misma, dijo que una cosa era entrar y la otra lograr pertenecer. Las películas que reconocen a personajes morenos, los que usualmente se quedan en segundo plano y sólo sirven para reiterar estereotipos, son pocas, pero no inexistentes. Por ello revisaremos 10 cintas que retratan las historias de estos personajes casi invisibles y que nos muestran este México al cual no nos gusta asomarnos por creer es ajeno.

  1. La Jaula de Oro (Diego Quemada-Díez, 2013)

“-Yo te defiendo- le dijo. Pero su hermano y su amante lo convencieron de resignarse a no hacer nada si los atacaban. Para sobrevivir sólo les quedaba sobajarse, como perros”

(L.M. Oliveira 2016)

El mundo es un caos si se observa con detenimiento. En La Jaula de Oro nos centramos en México, o mejor dicho, querer cruzarlo. La cinta inicia resignada al trayecto debe ser recorrido por los migrantes, sus implicaciones, sus dolencias. Es una serie de encuentros, ante los cuales los niños Juan, Sara y Chauk deberán enfrentarse. No hay sentimentalismo ni dramatismo que intente convencernos de lo fuerte que puede ser la búsqueda del sueño americano. 

Todo lo que vemos en pantalla dota de carácter a sus personajes, de dignidad. Sara y Juan vienen de Guatemala, Chauk es un indígena que se topa con ellos en Chiapas y decide acompañarlos. Los tres niños han vivido marginados y en la pobreza, por lo que entienden ya no hay vuelta atrás, que sólo se puede seguir. 

Un recurso increíble que propone Diego Quemada-Diez es el tren de la Bestia, que se convierte en un umbral de la travesía. La historia no fue pura ficción, el director, tomó testimonios de migrantes para ir tejiendo eventos que darían vida a la cinta. La Jaula de Oro ofrece imágenes hermosas que a su vez son desgarradoras, pues las deja inconclusas y sólo uno, con su imaginación las va llenando. 

2. Los Ausentes (Nicolás Pereda, 2014)

La primera vez que vi esta cinta fue en el 2018 y desde entonces los visuales me acechan constantemente. No cuenta con muchos diálogos, cosa que va acorde al tono del tema que nos presenta el director y tiene una sustancia cíclica que es difícil de ignorar. Nos sentimos frente al mar, dentro de la selva, bajo ladrillos que forman una casita y un solo personaje que se duplica para la mitad de la historia. 

Es la historia de Gabino, un viejo al que su casa le es arrebatada. Su reacción es la de buscar un hogar, un refugio y lo encuentra en su yo joven. La historia se mueve entre la impotencia de conseguir evitar la demolición de su hogar y su propia superfluidad dentro del sistema bajo el que funciona el país.

Los Ausentes de Nicolás Pereda se presenta rompiendo ciertas normas tradicionales de las narrativas del cine y nos deja con 77 minutos que siembran en la mente imágenes que se niegan a dejarnos.

3. Eco de la montaña (Nicolás Echeverría, 2015)

¿Por qué no aprendemos sobre el arte indígena? Tenemos grabados centenares de nombres de artistas alemanes, franceses, americanos, las corrientes artísticas, sus características, compramos sus postales, usamos de fondo sus pinturas. ¿Por qué? 

El arte mexicano se reduce mucho, se divide. En Eco de la montaña, el artista huichol Santos de la Torre se mueve sin reconocimiento alguno en México. Lo vemos peregrinando, vistiendo con colores vivos, usando prendas tradicionales, comprando artesanías y pidiendo “que no haya transa” en los precios de estas. Su mural de chaquira cuelga en París, obra titulada Pensamiento y alma Huichol. Este fue un regalo del expresidente Ernesto Zedillo a Francia. Nunca recibió remuneración por su trabajo, tampoco una invitación para explicar su obra o una mención. Se le arrebató, como suele hacerse con la cultura en México.

Nicolás Echeverría denuncia en este documental ese abuso al que fue sometido Santos de la Torre. Nos muestra los paisajes por los que se mueve el artista, sus costumbres, sus rituales, sus sonidos y nos deja ver aquello que no le fue permitido explicar cuando, sin más ni menos, exportaron su obra. 

4. Tempestad (Tatiana Huezo, 2016)

Tatiana Huezo nos presenta un viaje por carretera en México, a la inversa, de norte a sur y entreteje dos relatos. 

La primera nos habla de Miriam, una mujer vuelta “pagadora” (término utilizado cuando gente inocente paga los delitos de otros) y de quien su encarcelamiento se vuelve noticia: capturan a un grupo del crimen organizado. Excepto que la gente detenida no tiene conexión alguna con el narcotráfico, sólo habitan en territorios que los carteles le han quitado al Estado. Son mujeres que, por su posición de vulnerabilidad, tienen poca posibilidad de defenderse, de alzar la voz. 

La segunda historia es la de Adela, mujer que trabaja en el circo como payaso y lleva más de diez años buscando a su hija desaparecida. Hay cierta quietud intranquila en sus historias, ya que no hay espacio para lograr ese cambio se sabe tan necesario. Miriam ha quedado en una libertad extraña, pues, ha salido de la cárcel autogobernada por el cartel y regresa de Matamoros a Tulum sabiendo que, el grupo la torturó durante su sentencia, sabe todo sobre su familia: sus nombres, sus direcciones. Por otra parte, Adela no tiene respuestas sobre su hija, sólo miedo a seguir buscando por las amenazas ha recibido.

Así, en Tempestad, la libertad es rehén de los carteles, de la impunidad, de la voz silenciada. La cinta cuenta con una fotografía hecha por Ernesto Pardo, que transita con los personajes y nos logra sumergir a una realidad que, a pesar del sufrimiento, se mueve entre momentos de esperanza.

5. Plaza de la Soledad (Maya Goded, 2016)

“Pero lo cierto es que tanto ellas, como nosotras todas, vamos siempre solas, 

solas de Estado” 

(Sara Uribe, 2018)

En la cama, semidesnuda y con la sábana cubriendo la franja de pechos y entrepierna encontramos a una mujer con la que platica a gusto la directora Maya Goded. En este documental Goded nos deja entrever a una intimidad que suele ser descartada por cómo se da, la intimidad de las sexoservidoras. 

Las mujeres que nos muestra no son las que estamos acostumbradas a ver en el cine cuando se trata este tema. Pues, normalmente las vemos despampanantes, delgadas como las hojas y con cabellos largos. En Plaza de la Soledad, las mujeres que se mueven en este oficio son chaparras, de dientes toscos que se ríen seguido y se cuidan entre ellas. Respetan su trabajo, se arreglan en salones, se peinan y se sientan a esperar por las noches ese “¿vamos?”.

Goded trata de evitar los lugares comunes al contar sus historias. A pesar de verse obligadas a habitar las calles, lo hacen con el conocimiento de la violencia que existe en estas. Muchas han sufrido de violaciones y distintos tipos de agresiones. Lo más crudo de aceptar es que estos eventos de violencia son guardados por ellas como un peso muerto. Lupe, al recordar cómo abusaron de ella cuando era niña explica que a su violador no le pasó nada porque “no había nadie”. 

¿Por qué en una Ciudad tan grande, un país inmenso, con gente que siempre viene y va, nunca hay alguien que pueda hacer algo? ¿Quiénes sí están? ¿Los violadores? ¿Los que se van encima como bestias? ¿Por qué los dejamos?

Plaza de Soledad también aborda temas como la virginidad, la culpa de la sexualidad con la que cargan a pesar de que en muchos casos se inicia por violaciones, la percepción de los hombres ante sus deseos pero, sobre todo, nos muestra la soledad en la que experimentan su vida al ser, como indica Sara Uribe,  solas de Estado. 

6. Resurrección (Eugenio Pologvsky, 2016)

Estamos muy clavados con la modernidad, con lo que viene, con aquello creemos mejor. Nos olvidamos de lo rural, de lo primero. Eugenio Pologysky, en este documental, nos recuerda siempre ha existido un antes. Utilizando distintos recursos narrativos, el director nos vuelve testigos de cómo el Río Santiago en Jalisco ha sufrido por una zona que no quiere, ni tiene nada que ver con ellos: la zona metropolitana.

De mano de una familia que vive cerca , somos presentados a la historia del Río, su importancia para ellos. Los que dormimos en casas con luz, servicios de agua, espacios para enjuagar y llevar a cabo la higiene, no logramos dimensionar la ineficiencia de estos mismos en zonas rurales. Nuestro acercamiento se reduce al parar en carretera y vernos obligados a hacer del baño en esos hoyos oscuros de techos de adobe.

Es cierto que el tiempo en el campo no pasa igual que en la Ciudad. Años de descuido en el río se han vuelto siglos, generaciones enteras, enfermedades, malas cosechas, más pobreza. Los testimonios de la gente se contrastan, ancianos que “comieron río, soñaron río”, jóvenes que le huyen, que se rascan al tocarlo. 

Eugenio Pologysky nos deja con un documental en el que lo que corre ya no es agua, si no problemas de exclusión y falta de visibilidad ante estas cuestiones.

7. Juan perros (Rodrigo Ímaz, 2016)

Los procesos humanos se dividen entre aquellos gustamos de ver y aquellos que escondemos. El protagonista de este documental, Juan de la Garza Carranza, duerme entre los que desechamos. En un basurero de Cuatro Ciénegas, Coahuila. Seguido de cerca por Rodrigo Ímaz; cachos de su vida fueron filmados a lo largo del 2010, 2011 y 2015.  Juan explica que, por sus experiencias, ha entendido que “El hombre come hombre”. Anda con la libertad de andar por dónde quiera porque para él la casa es el mundo.

En Juan Perros, nos deja entrar a su vida de polvo y viento. Un capullo de ladridos y bramidos, donde un perro recoge un lechón asfixiado, no más grande que el hocico de su madre, lo destroza y se alimenta de su tibieza. Entendemos que esa ofrenda de lo inservible tiene una segunda vida en manos de Juan.  Lo vemos andando en una bicicleta vieja con un saco de desperdicios, que son comida y una tarde más de trabajo. También por las noches lo acompañamos con sus lentes, una lamparita y un periódico a leer antes de dormir. Ímaz nos presenta un personaje escondido, un Juan montado en su pintito (su burro), con perros guardianes y nos cuestiona sobre cómo hemos logrado enajenarnos de estas personas de carne y hueso.

8. El ombligo de Guie’dani (Xavi Sala, 2018)

Los ojos de Guie’dani, hija de una empleada doméstica, no reflejan a la familia de regreso, si no la reta. La película retrata a una niña zapoteca de 12 años que habla y se mueve como acostumbra a hacerlo en su hogar. Sin embargo, dentro de la casa en que trabaja, estas cosas que la conforman contrastan con las normas aceptadas por la familia. Son la suma de cositas que pretenden pasar desapercibidas las que demuestran esta postura superior al tratarla: burlas de su idioma, de su forma de caminar, comentarios hechos en inglés para esconder más burlas, sonrisas débiles, falsa pretensión de cercanía. 

Básicamente, Xavi Sala nos deja ver el simulacro de amabilidad bajo el que se trata a las empleadas domésticas. Está película, desde su estreno fue comparada con Roma. Pues, a pesar de tratar el mismo tema, la importancia de esta película recae en que el personaje de Guie’dani no agacha la cabeza y usa su silencio como un arma de doble filo. 

9. Roma (Alfonso Cuarón, 2018)

Roma es fiel. Así como lo es Cleo y las memorias del director Alfonso Cuarón. En esta película es la cotidianidad la que nos lleva como un torbellino. Todo fluye como estamos acostumbrados a pesar de no notarlo en el día a día.

Cuarón muestra a una empleada domesticada que ama a los niños y a la familia. Cleo se vuelve la madre postiza de todos ellos mostrando la complejidad de sus rol. Pues, Cleo no quería ser madre, no de un hijo propio pero lo termina siendo para estos ajenos. En la cinta la vemos corriendo por las calles, con su novio Fermín en el cine, inexpresiva al sufrir una tragedia y de vuelta en la casa. Ahí está Cleo, dócil, limpiando sin hacer ruido, salvando a la familia de distintas formas y durmiendo cuando puede hacerlo.

10. Ya no estoy aquí (Fernando Frías, 2019)

“El asco por proyección, según nos explica Nussbaum, es el asco que se puede sentir, por ejemplo, por un grupo de personas clasificado como inferior por ser supuestamente más animal, más ignorante, más sucio, más pobre” 

(L.M. Oliveira 2016)

No me extrañaría si una parte de la población mexicana se resiste a ver esta cinta bajo supuestos de que es una película de nacos. Frase que no indica más que ignorancia por parte de quien la usa.  Es costumbre el rechazo a la contracultura de diversas zonas del país. Sin embargo, Ya no estoy aquí, se agarra de esta lejanía llena de prejuicios para provocar al público. Se trata de un chavo que forma parte de Kolombia en Monterrey. Su contexto es lo que resalta, al ser este el que le da movimiento a sus acciones.

Ulises, el personaje principal, deja el país huyendo de un grupo que lo quiere matar. Llega a Nueva York en dónde, los mismos mexicanos, por su forma de hablar y vestir, dudan de sus intenciones. Es exotizado por la gente con quien se topa e incluso siendo fotografiado. Entre sus dedos un pequeño reproductor mp3 que le regalaron sus amigos de despedida con sus canciones favoritas. ¿Cómo es el camino que recorre Ulises? ¿En dónde termina?